Sentada en un banco del Espolón me doy cuenta de que el
evangelizador no existe.
Por tanto tampoco esa nueva moda de la “nueva evangelización”.
Debería llamarse más bien “nueva
estrategia para captar”. Cuando se dice que se evangeliza en realidad se hace
proselitismo.
El interés del proselitista está sólo en la eficacia de las
estrategias. Las estrategias a seguir para aumentar el éxito de su causa.
La definición de proselitismo según la R.A.E. es: ”Empeño o
afán con que una persona o una institución tratan de convencer y ganar seguidores
o partidarios para una causa o una doctrina.”
Hacer proselitismo es hacer todo lo posible para que las demás personas piensen igual que tú.
Cuando alguien sale a la calle e intenta convencer a otras
personas de que crean en lo que él cree, que experimenten lo que él
experimenta, que vivan como él vive, no está ofreciendo una nueva vida, sino
que está imponiendo y dando a entender que la forma en la que vive esa persona
no es la adecuada. Es un proselitista.
Al proselitista le interesan más los números, la cantidad.
Yo misma escuché decir a un sacerdote que ese día estaba contento porque no se
veía nada de madera, en clara referencia a los bancos vacíos de la iglesia. Y
cuando mis hijos en una conversación con otro sacerdote le preguntaron si
prefería que hubiera menos feligreses pero convencidos o más feligreses pero
calentando el banco, se inclinó claramente por la segunda opción.
El proselitista no tiene reparo en manipular los
sentimientos o en ocultar información, si cree que eso lo permitirá que la
gente se adhiera más a su causa.
Así que está claro: el evangelizador no existe. Es un “cuento
chino” que se ha contado desde arriba para que los de abajo hagan de “agentes
comerciales” y crezca la empresa.


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